Barras bravas: ¿Cómo entender este fenómeno y hacer frente a los violentos?

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Foto: PIXABAY

Alejandro Poveda

Alejandro Poveda

08 de septiembre del 2026 - 12:59 pm

Las recientes confrontaciones entre hinchas reavivaron el debate sobre la seguridad en el fútbol ¿Son el reflejo de una sociedad violenta?

Los desmanes registrados el pasado 22 de agosto, durante el partido de Independiente Santa Fe y el Club Deportivo América de Cali, en el estadio El Campín de Bogotá, pusieron nuevamente los ojos de la opinión pública en las dinámicas internas de las fanaticadas del fútbol y en la necesidad de tomar medidas para evitar que nuevos hechos de violencia se registren en escenarios con alta asistencia de familias y niños.

Una discusión muy oportuna debido a la creciente presencia que ha alcanzado en Bogotá el fenómeno de las barras bravas y que está estrechamente relacionado con la manera en que muchas personas viven y expresan su pasión. Aunque sus inicios se remontan a las experiencias de grupos argentinos y europeos, en la capital colombiana comenzaron a consolidarse hacia finales de la década de 1980 y principios de los años noventa.

Según explicó Jorge Tovar, profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes en entrevista con LAUD 90.4 FM ESTÉREO, más allá de ser grupos de aficionados que asisten a los estadios para apoyar a un equipo, las barras pueden entenderse como comunidades. Sus integrantes no necesariamente pertenecen al mismo barrio o nivel socioeconómico, pero comparten una característica fundamental: La identificación con un equipo, sus colores y sus símbolos.

“Eso les permite pertenecer a algo en lo que creen y en lo que se sienten importantes. De hecho, lo son dentro de la organización. Bien sea como líderes o también como participantes, porque la idea central de las barras bravas, especialmente durante los últimos años, es demostrar poder en términos de números, es decir, cantidad de hinchas. Tener apoyo de ‘locales’, aunque estén jugando de ‘visitantes’”, planteó Tovar.

Esa dimensión colectiva explica por qué estos grupos desarrollan diferentes prácticas y rituales. Los cantos, las banderas, los colores y los denominados ‘trapos’ son elementos necesarios para expresar y fortalecer su identidad. Los cantos, por ejemplo, permiten mantener una presencia permanente durante el partido, independientemente de si el equipo está ganando o perdiendo.

 

 


Tal y como sucedió en el encuentro de Santa Fe y América, símbolos como ‘los trapos’ pueden convertirse en factores de confrontación. Su robo o pérdida puede ser interpretada como una humillación para la barra y generar una respuesta violenta. De esta manera, un objeto que desde fuera puede parecer simplemente una bandera adquiere dentro de estos grupos un significado mucho más profundo relacionado con el honor, la identidad y el reconocimiento colectivo.

No obstante, según explicó el invitado, a pesar de la percepción predominantemente negativa que existe alrededor de las barras, también desarrollan labores sociales. Actividades especialmente dirigidas a niños y comunidades de sectores vulnerables en las que utilizan el fútbol como elemento de integración. Una dimensión social que puede quedar invisibilizada cuando toda la atención se concentra exclusivamente en los episodios de violencia.

Por esta razón, resulta problemático considerar que todas las personas que pertenecen a una barra son violentas. Al mismo tiempo, tampoco puede desconocerse que determinadas dinámicas y símbolos pueden convertirse en detonantes de confrontaciones. Entonces el fenómeno debe entenderse desde sus diferentes dimensiones: Social, cultural, económica, deportiva y de seguridad.

¿Cómo poner fin a la violencia en los estadios?

La estrategia más efectiva debería comenzar por hacer cumplir las medidas que ya existen, mejorar los controles de seguridad e identificar a los participantes de actos violentos. Para Tovar, falta decisión política por parte de los clubes y las autoridades para replicar estrategias ya aplicadas en otros lugares del mundo.

Lo primero sería pasar de sanciones generales contra las barras a medidas dirigidas específicamente a quienes cometen las agresiones. Esto permitiría mantener a los aficionados que participan pacíficamente, mientras se restringe el acceso a las personas que representan un riesgo.

Además, optimizar los protocolos de ingreso y de requisa. Aunque los controles son estrictos para artículos cotidianos como sombrillas y llaves, algunos aficionados consiguen entrar con armas blancas u otros elementos peligrosos. Por eso, una prioridad es verificar los filtros de seguridad, quién los ejecuta y por qué están fallando. Adicional a ello, restringir el uso de ‘trapos’ y otros símbolos que puedan desatar un enfrentamiento.

La situación amerita una revisión a la infraestructura de los escenarios deportivos. Vallas de seguridad, cámaras con identificación facial y protocolos que impidan el paso de elementos prohibidos de una tribuna a otra.

Prohibir la entrada de las barras bravas también se ha planteado como una posible alternativa. Sin embargo, no solucionaría de fondo el verdadero problema: El fútbol es un reflejo de la sociedad en la que se desarrolla. Por ello, restringir el ingreso solo llevaría el conflicto a otros escenarios. El reto está en encontrar una forma de conservar la pasión, la identidad y el ambiente que caracterizan este deporte, pero evitando que la rivalidad deportiva termine convirtiéndose en violencia.

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