Virus, poder y cuerpo

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Foto: Secretaría de Salud

El rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Ricardo García Duarte, realiza un análisis a la situación vivida con la pandemia del Coronavirus desde la apreciación política y filosófica del ser humano.

Cuando el Coronavirus va de un individuo a otro e infecta al receptor, muy probablemente le causa daño a su salud o termina por ocasionarle la muerte. Por algo en la actual pandemia van más de 50.000 muertos y ya se cuentan en más de un millón los enfermos, un efecto de devastación que entraña el serio deterioro de la salubridad, incluso su colapso.

Solo que antes de matar o afectar la salud, esta como cualquiera otra peste ataca el cuerpo del ser humano, agente social por definición; razón por la cual desequilibra una base decisiva en la que se apoya el propio sistema de dominación, ese sistema por el que rutinariamente fluyen las relaciones interpersonales; el que garantiza la cohesión y esa unidad indispensable de la estructura social. Eso sí, descompone también todo lo que hay de control y subordinación, de domesticación aceptada, dentro de ese orden colectivo. O sea, lo que podría llamarse la hegemonía cultural, la misma que permea los imaginarios dominantes, aunque algunas personas naturalmente quieran con razón resistirlos.

El cuerpo no es solo un conjunto orgánico, no es solo una unidad biológica, tampoco es únicamente el soporte material del sujeto; es, además, una “anatomía política”, fórmula que lanzara muy sugestivamente Michel Foucault hace 45 años en su obra Vigilar y Castigar. Con lo cual quería decir que el cuerpo es un entramado de las representaciones sociales del poder, ese poder que ya no sería solo una “propiedad”, algo que se posee; o un atributo para mandar a otros; sino sobre todo una “estrategia” en movimiento, el escenario para una serie de “maniobras, tácticas, funcionamientos y técnicas”. En consecuencia, es poblado por un conjunto de tensiones, en el que una suerte de micropoderes atraviesan ese espacio vivo; y circulan por él, poniendo en juego una relación de fuerzas, entre uno y otro interés, en una lucha de influencias, siempre abierta, nunca cerrada por entero.

Así, el cuerpo humano experimenta algo similar a una toma, es objeto de una invasión atomizada en micropoderes; de modo que él mismo se convierte en una representación del poder. Pasa a ser un “cuerpo político”, diseñado y moldeado por instituciones, tales como la escuela, el ejército, el asilo o el hospital, organizaciones que, en la idea del pensador francés, acaban por disciplinarlo, incluso por tornarlo dócil, proceso del cual surge un control sutil, como si fuera la marca de identidad del sujeto moderno.

Una epidemia universal como la del Coronavirus, una plaga de tal poder devastador, rompe brutalmente ese sistema descifrado por Foucault, el del cuerpo humano como espacio vital de las estrategias de poder. Y lo quiebra bajo dos perspectivas: la primera, porque anuncia el posible camino a la muerte, que es la desembocadura a la nada, la negación total del ser; y la segunda, porque obliga al confinamiento, ya no solo el de los enfermos, como en el pasado, sino el de toda la población; un confinamiento con el cual sobreviene el desajuste crítico en las relaciones ya normatizadas, aquellas que rigen los vínculos de los individuos, los que toman curso bajo los marcos de las instituciones que dictan sus comportamientos, sea en la empresa, en la oficina o en la clínica. Es algo que, por otra parte, hace entrar en crisis a la sociedad, comenzando por la propia economía y terminando por los encuentros en la calle o en el transporte público.

La pandemia rompe en efecto la formación del cuerpo como habitáculo de micropoderes; pero solo si las cosas se ven bajo la impresión de una primera mirada. Una observación más profunda indica que los efectos de la peste llevan más bien a reproducir esa ocupación múltiple y transversal del cuerpo humano por las fuerzas estratégicas y sutiles del poder; es decir, vienen a afirmar esa anatomía política y, por consiguiente, el disciplinamiento del sujeto. El riesgo de muerte asegura, por la vía del temor y la cohibición, la tendencia a un mayor aconductamiento, tanto más cuanto que el mal sigue el curso de un contagio incesante, una alerta para el mundo entero.

Pero es el confinamiento el hecho social que hace más permeable al cuerpo frente a nuevas tácticas y técnicas asociadas con el cuidado personal, las que, por necesidad imperiosa, vienen a disciplinar aún más al sujeto, obligado como está, por motivos superiores, a intensificar la repetición de unas prácticas sociales, revestidas por unas técnicas del saber hacer, que necesariamente lo moldean más sutilmente como cuerpo dócil.

Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

@rgarciaduarte.

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