Pandemia, Estado y ciudadanía

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FOTO: Laud

El rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Ricardo García Duarte, expone desde su experiencia académica e intelectual, sus apreciaciones frente a la situación que vive la sociedad mundial en medio de la crisis causada por el COVID - 19.

La peste, o el virus para decirlo en los términos más neutros posibles, ese virus que arrastra con la fuerza trashumante de su contagio, reclama una respuesta enérgica del Estado; pues al fin y al cabo este fue creado por ese motivo, para reaccionar con organización y contundencia frente a las urgencias de la sociedad, para que produjera los outputs más adecuados en cada coyuntura crítica.

Pero el Estado no responde como debiera hacerlo. O al menos no con la rapidez del caso, no con el alcance suficiente. O más exactamente, no lo hacen los estados en plural, en tanto unidades nacionales. A Italia y a España, por ejemplo, les faltó diligencia y presteza cuando se reconocieron los primeros infectados.

El Estado nacional nació para atrapar y gobernar los procesos de poder claves en la sociedad, los de la justicia y el uso de las armas, también los de la salud, si se quiere hablar del campo social; claro, en unos países con mayor incidencia que en otros. La desecación de un pantano con emanaciones pestilentes o la domesticación subterránea de las aguas negras eran operaciones con las que las autoridades salvaban vidas, quién lo duda; pero con las que también estructuraban el control sobre los ciudadanos, aconductándolos a través de la higiene y de la salud pública, y de paso disciplinándolos mediante esos ejercicios colectivos. De esa manera se consolidó el Estado como referente de identidad, de legitimidad y de comunidad imaginaria.

Con ocasión de la pandemia de ahora, los estados han tenido un comportamiento muy desigual, aunque en realidad no hubo ninguno que no reaccionara tardíamente frente a la amenaza, entretenidos como estaban obedeciendo a otras lógicas que han terminado por gobernarlos a ellos mismos, las lógicas fragmentadas del capital o del interés corporativo, como ha sido la circunstancia de los negocios en el turismo o en el comercio; o la propia lógica del narcisismo del poder, cuando se trata de un entusiasmo autoritario que no reconoce las fallas y en el que lo importante es salvar al Estado mismo y no a la sociedad.

En un sentido contrario, los estados, aunque tardíamente, han reaccionado de alguna manera, e incluso con energía ante las tasas en alza del contagio maligno. Unos con más eficacia que otros, hay que reconocerlo, como el ejemplo ilustrado por Corea del Sur y su respuesta proactiva con campañas de detección del mal, tan masivas y prontas que han permitido el aislamiento individual, con el control eficaz del ascenso en la contaminación persona a persona, por lo que ha sido una nación con muy bajas proporciones de mortalidad.

En general, todos los estados terminan respondiendo con cierta eficacia para reducir los ritmos de la pandemia y para poner límites a la enfermedad, mientras pasa el virus sin remedio. Ahora bien, lo hacen mediante una terapia ineludible: el aislamiento social, que es la antípoda por cierto de la integración; acuden al confinamiento, la negación del encuentro con el otro, ese sagrado juego de la construcción social; una segregación que por definición fragmenta al individuo, para que ante el vacío que esto provoca se imponga solo el sustituto de la unión ciudadana; o sea ese mismo Estado, que ha mostrado sus enormes falencias ante la llegada de la emergencia.

O, algo peor, la presencia invisible de una especie de Big Brother, entidad ideológica supraestatal, que termina por dominar virtualmente al conjunto social; que controla tecnológicamente a cada ser, para conjurar las enfermedades y apartar al colectivo del contagio, al tiempo que mete a los ciudadanos en el universo intangible de lo informacional. Ese universo que emana de los dispositivos, los que por otra parte detectan los síntomas de la plaga moderna, incluso la temperatura de cualquier transeúnte.

El Estado y el capital, en sus versiones fraccionadas, apoyados los dos en las tecnologías de la información, esas que ya cruzan al ser por toda su geografía humana, no solo saldrán indemnes de la peste, aunque hayan evidenciado sus fallas protuberantes; sino que muy probablemente emergerán fortalecidos en el mediano plazo, en medio de esa ideología dominante del confinamiento, del miedo y de las precauciones colectivas, una suerte de cultura “buena” del totalitarismo.

Sin embargo, se incuban y se alzan las sensibles reservas de libertad con que cuenta cada ciudadano, aquellas que están asociadas con la autonomía del individuo; así mismo, se reanima el sentido de su autoconciencia ante la calamidad, para dar cuenta de sus necesidades, para calibrar sus cuidados, base de una subjetividad más dilatada por la experiencia. Así, el ciudadano, en medio de la adversidad, llega a apropiarse de nuevas competencias, ayudado por la ciencia, para manejar su entorno, y adquiere otras capacidades para interpelar al poder; por donde más adelante podría configurar contrapoderes, resistencias desde abajo, a partir de las cuales redefiniría siempre una sociedad civil más crítica y quizá más democrática.

Por: Ricardo García Duarte, rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas

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