Mercedes Barcha, la boticaria silenciosa

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Foto: LAUD

En la ciudad de México, a  los 87 años, falleció la compañera de vida de Gabriel García Márquez, su confidente, su soporte y su vida entera.

Se conocieron cuando eran niños, su papá, el de Mercedes, era el boticario de Magangué, un pueblo a orillas del río Magdalena que era famoso, en su época, por el comercio fluvial y a donde Gabo fue a pasar vacaciones con la familia. 

Los detalles de esta historia de amor solo se puedo contar entre Gabo y Mercedes, pues los hechos siempre tuvieron la discreción de la pareja. Lo que se dice es que Gabo se enamoró de ella a los 13 años y que en medio de los mandados que los niños hacían en las vacaciones, le dijo que de grande se casaría con ella. 

El tiempo pasó y los jóvenes mantuvieron contacto a través de cartas, Mercedes estudiaba en un colegio de monjas en Medellín y Gabo forjaba su carrera como periodista en Bogotá y luego en Europa. 

Se casaron en 1958 y empezaron su travesía juntos, tuvieron dos hijos, Rodrigo, que hoy es director de cine, y Gonzalo, que es diseñador, editor, tipógrafo y artista. Mercedes fue una mujer silenciosa, discreta y en palabras de la agente literaria de García Márquez, Carmen Balcells, una mujer perfecta. 

Vivieron en muchos lugares, Caracas, Bogotá, Nueva York y Ciudad de México, sitio donde la familia decidió establecerse y donde las aventuras nunca dejaron de ser el pan de cada día. Hoy los medios de todo el mundo han mencionado las circunstancias en las que nació ‘Cien Años de Soledad’. La obra cumbre del Nobel tuvo una dedicación de 18 meses, pues Gabo dejó de trabajar para encerrarse en su mundo macondiano. Durante este tiempo Mercedes mantuvo la casa, así como muchas mujeres valientes en Colombia, la comida no faltó nunca y como pudo apoyó el trabajo de su marido. 

Marcedes Barcha Pardo, ha sido denominada por algunas personas como la ‘Gaba’, título que en lo personal considero inapropiado, no debe ser estereotipada por ser la esposa de Gabriel García Márquez, sino por la mujer que acompañó con discreción, inteligencia y amor los pasos de gigante de su esposo, una mujer y madre que iluminó los días del más grande escritor de Colombia, una mujer con una amplia sonrisa y con un brillo perene en la mirada. 

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