Educar y emancipar*

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Foto: Universidad Distrital

Educar quiere decir conducir, guiar hacia alguna parte. Pero ese conducir y su meta entrañan su propia desviación: el conductismo, esa respuesta mecánica al estímulo externo, que llega a convertirse en un vicio; solo conjurable bajo la perspectiva de una educación crítica.

Conducir u orientar son verbos que sugieren la idea de un faro para la exploración de nuevos terrenos; del bosque por ejemplo; de la montaña o el río; en donde se encuentran lugares identificables, pero así mismo zonas de riesgo, collados inhóspitos y desconocidos; toda una metáfora sobre la aventura, que encierra moralmente la asimilación de códigos de actuación y, al mismo tiempo, la perplejidad del descubrimiento, ejercicio antrópico que ensancha el conocimiento y abre las puertas de las ciencias.

También emerge otro modelo, no por la vía de la conjetura, sino por medio de la ficción: un Dante guiado por Virgilio, el dulce pedagogo, que le muestra con ironía los círculos del infierno, en donde giran, capturados por una suerte aciaga, los poderosos y defraudadores del mundo, cargando lastimosamente con sus miserias. Alegoría plena de una acidez crítica y de-constructora, en búsqueda de la identidad; y que muestra sin contemplaciones la injusticia y el reverso de la vida social, junto con sus vanidades: un ejercicio de visualización estética, social y moral, pleno de un humanismo, enriquecedor del individuo que lleva a un horizonte de libertad y exaltación extraterrena.

Vigotsky, un reconocido estudioso de la educación, habla de ella preferencialmente en los términos de un viaje conjunto realizado por el maestro y el alumno, quienes enfrentan los hallazgos, que dan lugar a la reflexión compartida, en la que se inscribe el papel orientador del docente; dialéctica de intercambios en la cual la formación creativa del estudiante halla su lugar.

Kant, cuyo pensamiento es paradigma de la metafísica liberal moderna, ve la educación en unos términos parecidos a los de la Ilustración, nueva matriz cultural de sociedad en la que cada uno se hace dueño de su destino al escapar del capullo protector de la infancia y enrutarse hacia la adultez, en un sentido figurativo, como si se tratara de alguien que se hace amo de su propia voluntad. Es un viaje de desarrollo óntico, constructor de su propia subjetividad, pues el camino lo recorre cada uno, como si fuera un emprendimiento del individuo hacia su autonomía como sujeto, un esfuerzo para asomarse no solo al territorio de la libertad, sino al espíritu crítico.

Con su fuga simbólica desde su estado de infancia hacia su completud, el sujeto saborea las mieles, pero también las incertidumbres de la libertad; independiente ya del tutelaje que supone la obediencia al amo, al profeta o al dictador; idea esta que ya había suscrito Spinoza, el filósofo de Ámsterdam, amigo de liberar las potencias alegres del alma contra las pasiones tristes que la sofocan.

Ahora bien, si la autonomía del individuo —la de razonamiento, la decisión y la acción— lo lleva a tocar el cielo de la libertad, esta última le permite gozar el dulce infierno de la crítica, es decir, le proporciona el dispositivo con el que enciende sus alarmas no solo frente a la falsedad, sino también, como podría anotar Foucault, frente a la verdad misma; en la medida en que esta deviene la sutil coraza del poder. Porque la verdad se puede transformar en este último, esto es, en el propio poder, del mismo modo como él se reviste de su propia verdad, arma que facilita su legitimación. Por esta razón, nadie ha de conformarse con la verdad pura y simple; tampoco con el poder, por más adornada que sea su presencia. Cuando la desnudez reemplaza a la ornamentación del poder, a la vestimenta del rey, este se ve obligado a exhibir otra cara más desapacible. De igual manera, en la verdad caben relaciones y ritualizaciones cuyo objetivo último es perpetuar un poder, al que hay que enfrentar con la deconstrucción, pieza por pieza, lo cual es dable desde el punto de vista de la justicia, de la estructura social o de la ciencia.

Entre la libertad y la crítica se abren las posibilidades éticas y epistemológicas de la construcción del individuo contemporáneo, imagen quizá evanescente del sujeto moderno. Se trata de una libertad crítica y a la vez de una crítica libre, polos intercambiables en los que se mueven la verdad, la consciencia moral y el poder.

Precisamente, la educación se inscribe en ese espacio que se desplaza entre la libertad y la crítica. Ambos polos le entregan los ingredientes con los que puede fabricar su sentido. En la libertad reside la ampliación de los horizontes para el saber, para las experiencias y la verdad. En la crítica se ubica la actitud para cuestionar, interrogar esa misma verdad y transformar el conocimiento, la sociedad y los hilos del mando y la obediencia.

La educación, en tanto práctica social —también como dispositivo cultural—, debe situarse entre esas dos grandes categorías, la libertad y la crítica.

En Kant y Rousseau, la libertad define el horizonte de una ética ciudadana. En el mismo Kant y en Foucault, la crítica organiza la disposición de interrogar la verdad y de interpelar el poder, el político naturalmente, pero no solo este; también el poder múltiple, de modo que se puedan deconstruir relaciones sacrosantas y preparar así el ámbito para el espíritu libre.

Entre la libertad y la crítica se mueve también el lenguaje, estructura de significantes y de significados, forja de sentidos; pero también universo maravilloso de simbolizaciones y resignificaciones; un mundo de vida prodigioso; con su capacidad para expresar la realidad, al tiempo que la produce; universo para decir las cosas, pero así mismo para hacerlas; organizador de lo que existe e igualmente hacedor de lo que no; ordenador ubicuo y creador múltiple.

Al hablar del aprendizaje y la enseñanza, el psicólogo Jean Piaget ha destacado el hecho de que el niño empieza realmente a controlar los códigos morales y los complejos elementos cognitivos, en medio de un ejercicio social de carácter colectivo; esto es, en medio de las reciprocidades de la experiencia, juego complejo de la vida.

Por ello, el lenguaje es a la vez relación con los demás y apropiación intrapsíquica de los objetos y de las personas; conceptualización y fijación abstracta.

El lenguaje interviene en la formación, del mismo modo como esta se sumerge en el océano lingüístico. Así, educación y lenguaje coexisten y se nutren, como si fueran una fábrica común de carácter moral, ético y cognitivo.

En las posibilidades transformadoras del lenguaje cabalgan, así mismo, las potencialidades revolucionarias de la educación; con toda su capacidad de formar, de empujar las fronteras del conocimiento y la verdad; y también de abrir los horizontes de nuevos mundos, algo cercano a la emancipación, que no se consigue con la sola instrumentalización mecánica del conocimiento; con la sola respuesta de un pensamiento repetitivo y acrítico.

*Prólogo al libro ‘La educación superior en Colombia: retos y perspectivas en el siglo XXI’.

Por: Ricardo García Duarte.

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