Una Nota en Tonalidad Menor

11/18/2014 - 15:20

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Lenguaje, el cuerpo y la memoria.

Pues son necesarios patrones para aplicar tanto la justicia como la injusticia; y la violencia pura no conoce patrón. Las víctimas nunca supieron exactamente por qué fueron elegidas. Fueron despojadas, no sólo de su vida, sino también de su muerte; del sentido de su vida, sino también de su muerte y del sentido de su muerte. Agnes Heller.

Una de las tantas preguntas que han surgido del conflicto armado que ha vivido el país, es ¿Cuál es el uso que tiene el cuerpo de la víctima en la violencia fraticida?

Es a partir de allí, como entendemos el conflicto violento y centrado en una mirada desde la comunicación, como parte fundamental para podernos explicar como el cuerpo se convierte en un objetivo de guerra, y como se negocia con él. Con esta visión no se busca desconocer el estudio y el análisis de otras disciplinas del saber que de una u otra manera le aportan a la clarificación  de esta problemática.

Hay que afirmar, de igual forma, que aparte de esta visión sangrienta, existen otras formas de exclusión en la sociedad colombiana que se ha caracterizado por ser cerrada, violenta y latifundista, estas son: la exclusión política, económica, cultural, educativa y laboral. Por eso la violencia es intolerante, excluyente y determinadora porque niega al otro como sujeto humano, expresada en la eliminación física y simbólica de ese otro yo.

Todo esto generó hace años y sigue presentándose con los paramilitares, ahora llamados eufemísticamente, bacrim o bandas emergentes, se perdió en el territorio rural el encuentro y la convivencia social, se resquebrajó la estructura social, donde se entendía la diversidad y existía una aproximación con la pluralidad al interior de esas comunidades. Este discurso tuvo su representación desde  esa misma oralidad política de pueblos que fueron construyendo su pasado político con esos referentes discursivos, y con la palabra política.

Las diferencias en el país se aprendieron a resolver con la amenaza, motosierra, el asesinato colectivo y el individual, centrado en el señalamiento de los informadores que surgen con la política de seguridad democrática. Una incapacidad racional para ser analizada por los mismos instigadores que fueron arte y parte de todos estos hechos violentos, incluyendo los partidos tradicionales, los mismos gremios económicos, capital transnacional y por supuesto la iglesia católica.

Las víctimas solo eran reconocidas por sus prendas de vestir, por amuletos o porque sus cuerpos tenían señales particulares. Sólo así se podían identificar, a otros cuerpos se los tragó el río Cauca el San Jorge o el Río Sinú; o fueron presas de cocodrilos o caimanes. No quedaba vestigio de esos cuerpos, que en última instancia se convertían en la prueba contundente para juzgar a los criminales y asesinos de nuestros pobladores.

Estos hechos fueron reduciendo la capacidad a los habitantes de las diferentes regiones del país, y se convirtieron  en seres que no hablaban  y no llegaron a reconocerse así mismo, por el mismo temor que causaban esas oleadas de terror.

La estrategia paramilitar no sólo fue refundar la patria, si no que detrás de todo ese discurso perverso y criminal, estaba el despojo de la tierra a como diera lugar, y lo más próximo a su estrategia militar era la muerte, la desaparición, el desplazamiento, el miedo y el accionar psicológico que desarrollaban en los pueblos más apartados y en las ciudades donde el estamento político se prestó para esa obra criminal: presupuesto, cargos públicos, rectorías de universidades, la salud, y donde la fuerza destructora del paramilitarismo supo implantarse en la sociedad colombiana. Fue el para-estado dentro del estado colombiano; todo esto trajo la disolución de nuestros pueblos y la pérdida de toda práctica argumentativa y la desconfiguración del accionar político.

El profesor, Boris Bustamante, en su ensayo titulado: ‘Gobernabilidad, comunicación, conflicto social’, manifiesta, ella (la violencia) está entronizada en la estructura social y se utiliza como el instrumento- fuerza para alinear al otro y provocar la muerte, tanto física como simbólica, en la existencia política. La violencia se nos muestra como el único vehículo para la consolidación y control, por excelencia, de sistemas cerrados y excluyentes. Eso ha significado la disolución de lo social y lo político, manifestado en la ausencia de un Estado como fuerza moral y política para dirimir los conflictos; la débil presencia de la sociedad civil como sociedad de la comunicación política, y el aumento cada vez más creciente de organizaciones armadas de justicia privada cuya naturaleza se proyecta con venganza a su adversario.

La historia política de Colombia ha estado enmarcada por la vejación social, política y cultural, siendo la violencia, en sus múltiples manifestaciones la máxima expresión para la negación, el sometimiento y la desaparición del otro; y donde nuestra memoria histórica está por construirse. En el control del poder social y político el cuerpo es el registro, es la huella de la muerte; la desidentificación y desestructuración de la persona humana, en la que se hace perder toda la carga simbólica y de sentido, es una de las manifestaciones claves para seguir entendiendo este proceso.

Cuando citamos la memoria histórica queremos darle el reconocimiento a las comisiones que han venido trabajando en Colombia, para que no se olviden a las víctimas ni a sus cuerpos, en el trabajo ‘Las víctimas entre la memoria y el olvido’, es un texto que nos orienta para entender el trabajo que se viene adelantando en torno a esta problemática nacional, y poder hacer otras lecturas de la memoria. La memoria reivindica los cuerpos, no los deja morir en el olvido, ella está allí, así la violencia quiera negar la existencia de los cuerpos, sí existen y hacen parte de la historia del país.

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