Una Nota en Tonalidad Menor

10/21/2014 - 12:22

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La impunidad en Colombia.

¿De los magnicidios cometidos en este país en el siglo veinte, cuántos de ellos se han podido esclarecer de manera total? Y podemos citar los casos de Rafael Uribe, Gaitán, Galán, Pizarro, Jaramillo Ossa, Gómez Hurtado, que todavía siguen en la impunidad. Esta sociedad clama para que algún día se puedan saber los verdaderos motivos que llevaron a los autores intelectuales a decretar la muerte súbita de estos ciudadanos colombianos.

El libro ‘En esta borrasca formidable’ del historiador y periodista, Philip Potdevin, nos indica unos derroteros históricos para comprender  como se perpetró el asesinato del caudillo liberal Rafael Uribe. La iglesia, el partido conservador y la Policía fueron los protagonistas de una alianza macabra, para acabar con el político y senador de la república. El pasado 14 de octubre se  cumplieron cien años del primer magnicidio que tuvo  Colombia en el siglo XX.

 Este suceso ha sido escondido y poco visibilizado por las instituciones que tienen a su cargo la divulgación de la historia colombiana; incluyendo la escuela y los estamentos que dicen llamarse académicos. Como también unos medios de información que en la mayoría de las veces, poco les interesa informar sobre estos asuntos que son de importancia para el país.

Sería bueno, que miraran el periódico El Tiempo del pasado domingo 12 de octubre, para que al menos puedan comprobar cómo se quiere y pretende registrar la historia del país. Como si fuera sólo lo anecdótico y la ficción banal, y es aquí donde recurro al historiador inglés Hobsbawm, cuando afirma: “la historia no es lo preservado por la memoria popular, sino lo que ha sido seleccionado, escrito, trazado, popularizado e institucionalizado por aquellos que tienen finalmente la función de hacerlo”.

No podría entenderse la historia si no se concibe desde las otras miradas que se deben tener. La historia es una serie de discursos sobre el mundo. Los discursos no son los que crean el mundo, pero sí lo apropian y dan un sentido al mismo. Creo que debe seguirse afirmando que todos los hechos históricos del país han caído en el tape- tape, y  no permite que haya claridad sobre los acontecimientos que se han vivido  y que seguimos soportando con la más lenta parsimonia.

El termino historia proviene del griego íotopía que traduce “investigación o “información”. Este primer término es el que emplean las instituciones judiciales del país para decirle a la sociedad colombiana, que frente a los falsos positivos, se está haciendo una investigación exhaustiva. Más lamentable es todavía, la información que reciben las poblaciones afectadas por las masacres y el desplazamiento forzado.  

Hubo que esperar cien años para saber la verdad de este magnicidio, y que fuera a través de un texto que tiene en su haber nueve años de investigación; donde la historia está afincada en  una excelente narración literaria e histórica. La elite política del país no quiere saber de ese pasado oscuro que  vivió en el año de 1914.

Y que sigue siendo oscuro por el mismo accionar de los partidos Liberal y Conservador. Si no recuerden, la parapolítica, los carruseles de la contratación, los  intereses que se mueven en la Corte Suprema de Justicia, Corte Constitucional, Procuraduría General, y lo más reciente el mal llamado equilibrio de poderes.

El autor del el texto nos lleva a ese acercamiento con la historia, cuando nos dice: “Galarza y Carvajal no eran más que dos sicarios pagados y mantenidos a cuerpo de rey dentro del Panóptico para comprar su silencio hasta el final de sus días”.

 Y continúa diciendo: “en la novela se parte de la investigación hecha por Anzola Samper y luego se avanza por otros medios para revelar todos los personajes que estaban detrás de Galarza y Carvajal: entre ellos, el director de la Policía Nacional, el general Salomón Correal, el general conservador Pedro León Acosta, quien también estuvo involucrado en el atentado de Barro Colorado contra el general Rafael Reyes y su hija en 1906, los jesuitas e incluso más allá, hasta llegar al vértice del complot, la persona más influyente y poderosa de la hegemonía conservadora”.

Nos debe quedar claro, que  no se deben ocultar,  esconder o tergiversar los magnicidios, hechos políticos, económicos y sociales, que ocurran en el territorio nacional. Más ahora, cuando se está hablando de la posguerra y que los ciudadanos no estamos preparados para  asumirla. Los mismos periodistas colombianos no saben narrar ni contar el conflicto, como tampoco, hay periodistas especializados en el conflicto ni en la posguerra. Para ello recomiendo el texto del profesor Mark Shernick, titulado: ‘Acuerdo Posible’.

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