Una Nota en Tonalidad Menor

09/07/2014 - 16:12

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 UN RECONOCIMIENTO A: “DIEZ JUGLARES EN SU PATIO.

Si Jorge García Usta (q.e.p.d)  y Alberto Salcedo Ramos, no hubieran emprendido esa tarea descomunal por revisitar y reunir a los mejores exponentes de nuestra música en  “Diez Juglares en su Patio”, no habría sido posible conocerlos en toda su dimensión artística y humana. Hoy en día un gran número de colombianos continúan desconociendo  la grandeza poética y del aporte musical que le han brindado al país y a nuestra región caribe.

Hay que aclarar, qué aquí no están todos, si estuvieran en su totalidad, por lo menos la edición fuera de tamaño gigante. Pero los  presentes en las crónicas,  permiten preguntarnos. ¿Por qué no se había podido conocer la vida, obra y creatividad de nuestros maestros en la música, composición e interpretación?

Allí radica la primera importancia del libro, el trabajo de campo, digno de resaltar y para tener en cuenta y, también debe mirarse como un ejemplo para ser asimilado por todos aquellos que quieran hacer estos tipos de trabajo.

Empecemos por el último decimero, Cico Barón, que al contemplarlo en la fotografía del libro, no se puede desmentir la descripción que hace García Usta, cuando afirma: “algunas veces asoma una sonrisa que hace que su nariz parezca la punta de una canoa acercándose a la playa.”

Alejandro Durán Díaz, el acordeonista, compositor, el enamorado que le cantó a las mujeres y ellas fueron motivos de inspiración, las admiró y conquistó  con el toque de su acordeón pero no las poseyó. Durán, el baluarte negro de la música vallenata, murió en el municipio de Planeta Rica (Córdoba), queriéndose enamorar de Gloria Dussán (Goya). Lo heroico en él, fue que nuca supo lo que fue un guayabo, porque detestó la  bebida y lo vio como un enemigo del músico y que esto lo conducía a la perdición.

Así tendría que titularse una película Post-moderna, “La muerte del primer Guerrero”. Aquí se hace mención de ese gran intérprete  y músico, Clímaco Sarmiento. ¿Quién no ha bailado “Píe Peluo” y la “Vaca Vieja”? Todavía hoy, muchos bailadores siguen añorando ese  ritmo y, los amantes de la buena música lo aclaman por doquier.

Un libro de poesía que llevará el título, “Fabulador de Río”  y  Catalino Parra, fue el fabulador de la gaita y el tambó. Por él habla toda la tradición oral y, todo ese remolino cultural que lo envolvió desde Sopla Viento hasta llegar a los Gaiteros de San Jacinto. Además, compositor excelso, él pudo reunir el acontecimiento y la naturaleza. De  acuerdo a sus propias palabras “me preocupa el futuro de esta música. Es que todo se ha perdido. Ya no hay cumbiamba ni fandangos.”

Un recuerdo que vive impregnado en la mente de todos los bailadores, es el saxofón  de Rufo Garrido. Pero lo que me partió el corazón en añicos, es la forma como narra García Usta, el momento trágico del artista. “Rufo Garrido comenzó a morirse en silencio, un domingo común. Cuando su mujer volvió a casa, Rufo le dijo con unos ojos extraños, que la estaba esperando porque tenía un dolor en el pecho. Se tomo un vaso de leche y se acostó, cuando su mujer entró al cuarto a las once de la noche, a recordarle que debía levantarse a orinar, lo encontró con las manos cruzadas sobre el pecho y la vista fija en el techo. Rufo le dijo sin mirarle que no tenía ganas de orinar y trató de incorporarse sobre la cama. Su mujer le reacomodo las almohadas y le volvió a preguntar como se sentía. Garrido redijo “bien”, y se quedó mirando el techo. A las tres de la mañana sufrió el infarto. Sus ronquidos de puente de tabla que se rompe lento, llenaron la casa. Murió casi enseguida.”

Particularmente nuca creí en la tristeza de Leandro Díaz, porque siempre estaba presto a dar alegría y explicar al mundo desde sus miradas. El universo literario lo reconoció a partir del epígrafe  en la novela de Gabriel García Márquez,”en adelanto van estos lugares: ya tienen sus diosa coronada.”

El hombre que miró con los ojos del alma según algunos comentaristas, descubrió a Matilde Elina y la pudo mirar cuando sonreía por la sabana. Y compuso la estrofa más disiente del vallenato, “si no me quieres tener un minuto de cariño, yo puedo darte mujer cien mil minutos de olvido.” Se recreo el pensamiento y el alma con la “Diosa Coronada”.

Alberto Salcedo Ramos habla del canta-autor de la siguiente forma “cuando sus párpados se acostumbraron al peso oscuro de la ceguera y pudo por fin conducirse sin tropiezos por entre los más intrincados matorrales, decidió ejercitarse en alguna actividad que lo mantuviera ocupado, para no seguir sintiéndose inútil”. Pero la actividad que eligiera Leandro, es la más dinámica del mundo, ser poeta.

García Márquez, (q.e.p.d)  siempre quiso que fuera Rey de la  Leyenda Vallenata, pero Andrés Gregorio Landeros, no logró llegar a esa cúspide. Majestuoso para tocar la cumbia en el acordeón.  El machetero y agricultor fue quien compuso el mejor canto a la amistad, “La muerte de Eduardo Lora”. Así podría seguir intentando, poner unos comentarios al margen de este documento histórico, que es y será valioso para nuestras futuras generaciones.

Y para aquellos pretenciosos, que sin tener el bagaje de conocimientos sobre estos personajes y de ese pasado cultural,  especulan y caen en la mera especulación.

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