Una nota en tonalidad menor

05/20/2014 - 15:38

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AQUELLOS TIEMPOS…….

Muchos añoran los tiempos pasados al escuchar canciones del ayer. Hoy no se cuenta con ese aporte e imaginación musical, sino que el mercado está inundado  de “clonaciones”, copias de temas que fueron éxitos en su época y que, a pesar de transcurrir el  tiempo, continúan siendo éxitos. Los temas de la actualidad son composiciones que carecen del mínimo esfuerzo.

La pobreza es total: producciones efímeras y de corto vuelo que no son capaces de recoger la cotidianidad de lo urbano y lo rural; hoy las  canciones narran otras vivencias. Obvio, un mercado que no conoce amor, de espiritualidad profunda, sentimiento y folclor, exige otros espacios y otra rentabilidad.

Nunca se había vivido tanta ausencia y orfandad  en nuestra música. Por eso Guillermo Buitrago sigue siendo Buitrago; Rafael Orozco será siempre Rabel Orozco; Alejo Durán nunca dejará de ser el gran Alejo; Poncho Zuleta perdurará como el Cantor del Valle; Pedro Laza, Clímaco Sarmiento, Rufo Garrido, Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Pablo Florez, Leandro Díaz, Pacho Rada, Antolín Lenes, Pello Torres, serán siempre los juglares y maestros de los siglos XX y XXI. Con tanta polución musical y con tanta contaminación auditiva, lo mejor es volver a los tiempos viejos, para volver a gozar y disfrutar de esos momentos inolvidables.

Los oyentes y el público en general siguen relacionando de manera equivocada los verbos oír y escuchar, ambos cumplen un papel definido en el universo del lenguaje. Oír es simplemente captar un sonido; escuchar es prestar  la máxima atención a una audición. Se escucha una sinfonía, un son cubano entonado por el Trío Matamoros, un canto de  Alejo Durán; se oyen los pitos de los buses urbanos y el acordeón en los seudovallenatos llorones.

En Colombia no se escucha música, se oye música. Y todo esto acontece en nuestro mundo musical, y más concretamente en el vallenato, donde existe un oyente ávido de canciones e intérpretes, pero éste carece de crítica y de reflexión frente a lo que consume. No hay una actitud y toma de conciencia frente a lo que el mercado le ofrece; tanto el consumidor como el que programa un medio, llámese  radio o televisión, sufren de autismo musical. Lo que interesa es el concepto abrasador  de la ganancia y un total  desgano cuando se habla de cultura o de inversión para la cultura.

Al final lo que interesa son los dividendos grandiosos, tanto para la casa disquera (en vía de extinción), como para el programa y el programador(los que exigen la Payola); lo preponderante es manejar los objetivos comerciales y ser productivos con el gran capital. En ellos, la cultura, la reflexión, la selección por el buen gusto y la estética ni siquiera se aproximan a una posible utopía.

Estamos asistiendo a un entierro musical por no encontrar verdaderos y dignos representantes  en el campo de la música, que nos hagan sentir, vibrar, vivenciar e identificarnos, sí se quiere, con lo nuestro. Debe y tiene que ser una preocupación, para productores, directores de orquestas, conjuntos vallenatos, investigadores culturales, porque de continuar así, no estamos lejos de ser homogeneizados por ritmos y estilos musicales ajenos a los nuestros, que no pertenecen a nuestras raíces y que el discurso político y económico lo justifica y avala desde la globalización.

No hay éxitos musicales simplemente porque ese sentir y vivir que rigió a nuestros compositores y músicos cambió, y a la denominada “nueva generación” la abraza otra orbita: el dinero, la superficialidad, el no respeto por el patrimonio musical, la copia, el plagio, el atraco musical y la falta de respeto para con una sociedad y una comunidad que vive ansiosa de hechos que le permitan cantar otras canciones en tonos diferentes. ¿Dónde existe el verdadero compromiso musical y cultural? Hasta en esto hemos perdido nuestra presencia y nuestra rítmica. Nos la quitaron y nos sensibilizaron de engendros que son productos de la urgente necesidad de fabricar dinero a diestra y siniestra.

Los directos responsables de la situación que vivimos con nuestra música son los medios de información, que han contribuido de una u otra forma a estas falsas expectativas. Las nuevas producciones  las presentan como superéxitos, cuando la realidad es totalmente diferente. Todo eso sonó, se  cantó y se bailó en años anteriores, quizás con más ganas y entretenimiento que en los momentos actuales.

La diferencia está y se encuentra en que antes no había tanta publicidad, promoción y compromiso comercial como el que existe hoy, así sea para vender el producto o la agrupación más mala. El tiempo también ha cambiado, vivimos otras realidades económicas y, al fin al cabo, como decía el escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, “los medios tienen dueño y los dueños tienen intereses”. De manera personal, le agregaría que los directores de emisoras también tienen sus intereses (Comercial, político, musical, favoritismos, protagonismo, show mediático) etc.

La oferta y la demanda fijan las reglas. La cultura, músicos compositores e intérpretes no son ajenos a estos procedimientos, ya que es una constante en el mercado, donde se fijan los precios, se proponen los negocios, las regalías, los dividendos, las ganancias y las pérdidas. Dentro de este proceso, el artista que cuente con el respaldo financiero de los medios, de la multinacional de la música, es el que se convierte en un generador de ganancias; de lo contrario, si no llena las expectativas en los primeros trabajos, no habrá respaldo y será catalogado como un mal artista que simplemente no llenó las expectativas de los dueños del dinero.

En estos momentos no contamos en el país con grandes talentos en la música y en general no hay escuelas musicales que recojan nuestro patrimonio musical para estudiarlo y transformarlo. Quizás esto es lo que menos les puede interesar a los mercaderes de la música, como tampoco les puede interesar a los gobiernos de turno, que realizan otra lectura de la cultura musical del país. El grito de moda es la “clonación”, la copia, el facilismo, el plagio, y que viva todo  lo que produzca ganancias y riquezas, así el artista, compositor o músico sea el más perjudicado por el contrato o por el pago que se le hace por derechos de autor o regalías.

Quien más copia y quien más se apropia de composiciones ajenas es considerado el artista del momento. ¡Que vulgaridad! Y esto sucede en nuestro país, sólo porque no tenemos memoria, todo se nos olvida, desde una masacre hasta un éxito musical de antaño.... ¿Que falta de pertenencia y pertinencia?.

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Este es un espacio de opinión que trata diversas temáticas. Las expresiones de los autores  son responsabilidad exclusiva de estos; los espacios destinados a este fin por LAUD 90.4 FM ESTÉREO no reflejan la opinión o posición de la emisora.

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