Leonardo: pintor e inventor infatigable

05/13/2019 - 17:29

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Este pintor, arquitecto, ingeniero e inventor, de cuya muerte se cumplen 500 años este mes de mayo, debe su gloria a las pinturas y a los dibujos que legó a la posteridad, aunque por otro lado, sin limitarse al ejercicio plástico, fuera uno de los arquetipos del renacimiento. Estuvo lleno de inquietudes y de curiosidad; diríamos que también fue poseído por el espíritu inventivo; enérgico y acucioso, seguro de sí mismo, desplegó toda suerte de iniciativas en el diseño de construcciones, dentro de una parábola vital de creatividad en la que se anticipó a muchas innovaciones modernas, como la de una red de ferrocarriles urbanos y hasta proyectó una máquina que podría haberse convertido en un helicóptero.

El genio

Nacido en 1452, su cuna fue una población llamada Vinci, en la Toscana italiana; y por el genio del que era portador siendo aún muy joven, se convirtió en uno de los protagonistas de un momento estelar en la pintura universal, al lado de Miguel Ángel y de Rafael; trio este, portentoso; a partir de cuya desbordante producción artística, la pintura alcanzó un impulso enorme, desplazándose entre el Clasicismo y el Manierismo; en todo caso, haciéndolo mediante la realización de obras de más grande alcance que en el pasado; de mayor aliento en los trazos y en las ambiciones de representación estética.

Históricamente se situó en el tránsito del “quattrocento” al “cinquecento”, es decir, de las décadas finales del 1400 a las primeras del 1500: unos tránsitos estéticos, con rupturas y enriquecimientos mutuos, entre el clasicismo encarnado en Bramante y en el propio Leonardo, con sus diseños de catedrales; y el manierismo, dotado de mayor gracia y colorido, con personificaciones como el propio Miguel Ángel y más tarde El Veronés con su explosión de colores en Las Bodas de Caná, tan admiradas por Cézanne… todo lo cual configuraba unas formas, digamos, más “melodiosas” y seductoras en el aliento pictórico trasmitido en las obras artísticas. Y que según Agnes Heller significaban por otra parte la “disolución de la armonía, la inclinación subjetiva (…), la plasmación de conflictos no resueltos artísticamente; y un mayor realce de lo trágico y lo cómico…”.

Todo un movimiento estético enmarcado, como ya lo dijimos, entre el clasicismo y el manierismo; y que ya no era tan caracterizadamente renacentista como las obras de la primera mitad del siglo XV, pero todavía no alcanzaba a ser completamente barroco, tal como vendría a serlo el movimiento cultural del siglo XVII.

Cambios sociales

Por cierto, fue un momento de transformaciones que, por otra parte (1480-1550) iba a traer cambios revolucionarios en la vida social, en la política, en la moral y en el mismísimo mundo religioso; algo que no impediría una regresiva refeudalización muy pronto, según lo hace notar la propia Agnes Heller, al recordar los embates de la Inquisición, lo mismo que la imposición durante algunos años del modelo español de dominación.

La expresión estética se afirmaba en su propia razón de ser, una expresión afincada en la belleza y sobre todo en el ser humano, más allá de que muchos de los motivos estéticos continuaran externamente siendo de carácter religioso, revestimiento este que muchas veces no alcanzaba a disimular la exaltación de todo lo bello que contenían las formas del cuerpo humano.

Fue la misma época (en realidad una veintena de años después de la muerte de Leonardo) en la que Copérnico comenzó la revolución científica en el terreno de la astronomía, echando por tierra el irreductible geocentrismo de Ptolomeo y de la Iglesia. También los días en que Maquiavelo sentó las bases para el Estado moderno.  El mismo momento histórico en el que resurgió con fuerza la idea del individuo, como modelo de sujeto social, al decir de Burckhardt (el historiador suizo amigo de Nietzsche); en otras palabras, la historia pasaba por un tempo, caracterizado por el “hombre del renacimiento”, expresión utilizada por la socióloga e historiadora ya citada, para bautizar una de sus obras mayores.

Su pintura, los claroscuros y las miradas enigmáticas

La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana (1510-13)

Leonardo creó obras maravillosas que han dejado su huella en la plástica universal. A su pincel se debe, por ejemplo, la pintura La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, un conjunto magnifico de personajes en el que la composición triangular ofrece una sensación de equilibrio aunque no estático, sino dotado de cierta inestabilidad que le comunica fluidez a la obra; y lo propio en otro óleo impresionante: La Virgen de las Rocas, en la que el autor exhibe una gran destreza para la composición y el movimiento.

En sus famosas representaciones de la Última Cena, como la del mural en el convento de Santa Maria delle Grazie, el artista introdujo un ritmo extraordinario, mediante el movimiento de los personajes; en este caso, los apóstoles, que en la escena acompañan a Jesús, cuando discuten sobre el destino fatal que se aproxima y sobre la traición que extiende su manto oscuro de incertidumbres y de malos presagios.

Hay en la pintura increíble de Leonardo una enorme capacidad para el manejo de la luz y del fondo oscuro con su carga de contrastes para darle realce a las formas delicadas de sus personajes, como en la Dama del Armiño y la Dama de la Redecilla de Perlas. 

La tremendamente célebre Mona Lisa

Con todo, la apoteosis del retrato, sobre todo el femenino, lo representa la Mona Lisa o Gioconda, una figura absolutamente emblemática de la pintura universal, adorada por los especialistas y por el público que se aglomera impaciente ante este cuadro en uno de los salones del museo del Louvre en Paris, como si se tratara de un lugar de peregrinaje contemplativo.

El retrato al óleo recoge la figura femenina en un primer plano iluminado, con el tamaño que se recorta en las líneas del busto y la cintura, cerradas por los brazos y las manos que descansan cruzados con elegancia sobre uno de los apoyos del sillón, en el que la dama posa sentada; todo esto contra un fondo de naturaleza boscosa, habitada por caminos sinuosos y aguas sosegadas.

Las vestimentas son regias y están plasmadas en tonalidades oscuras para proporcionar cierta gravedad, apenas matizadas con golpes tenues de luz sobre las manos tersas y los pliegues de las mangas, diestramente dibujados.

El fondo, hecho de un paisaje un tanto remoto y algo diluido, ayuda al efecto de que desde allá, desde la naturaleza incierta pero vigorosa, se llega al primer plano, al fabuloso rostro de esa mujer, simultáneamente esplendorosa y serena, enigmática y risueña; un punto de contraste frente a toda agitación innecesaria. Tranquila y magnifica; lugar superior de la propia natura en su evolución: lo humano y lo femenino en la realización de la creación, como ficción y como realidad; como idealización y como materialidad.

Aunque la difuminación, se extiende sobre el paisaje del fondo, también recubre con suavidad el rostro de la dama en el primer plano; con lo cual el cuadro se cubre con una atmósfera especial, rica en las sugerencias de todo aquello que pueda existir tras los ambientes protegidos por los velos, así estos sean muy delgados, casi transparentes, pero que no por ello dejan de ser atenuantes de aquello que de otro modo pudiese aparecer como demasiado explicito, puramente crudo y frontal. Digámoslo de otro modo: tal vez un ambiente más evanescente y poético, al contrario de una explicitud frontal que seguramente Leonardo quería evitar.

Y con la cual se acentúa la belleza inasible de la Gioconda y su misterio, el de su sonrisa tan cerca y tan insondable al mismo tiempo.

Mona Lisa

La Mona Lisa (1503-19)

La Gioconda y el juego semiótico

El rostro bien balanceado de esta Mona Lisa increíble se apoya en el tallo de un cuello lozano, que se extiende sobre un pecho iluminado y rozagante, convertido al momento en unas turgencias de sensualidad, rápida y discretamente cubiertas por la tela del vestido, preciosamente reforzada por pequeños arabescos y pliegues delgados que caen al propio peso del vestido.

El rostro sereno e iluminado por ese baño de luz, que pasa al través de esa atmosfera iluminada, está marcado por una mirada de soslayo y por el movimiento de la boca, tal vez el más famoso de la pintura, un leve gesto de sonrisa retenido, pero que a la vez puede contener un tejido denso de significaciones oculto detrás de la expresión.

Ese soslayo en la mirada y el trazo leonardiano de la sonrisa, con los labios dulcemente herméticos, representan un juego de misterios y de complicidad con quien está por fuera del cuadro; con el espectador principalmente; y quizá también con el pintor. Y que es probablemente el factor cifrado que ha cautivado a millones de admiradores.

Entre el misterio y la complicidad; entre la sonrisa insinuada y la mirada ligeramente oblicua, se instala el nudo de los signos, el plexo de los significados, que pueden alojarse en la expresión estética. Los cuales, por cierto, deben dar lugar a multitud de percepciones y sentimientos; y, sobre todo, a interpretaciones y narrativas que completen la historia abrigada en la obra de arte, abierta a mil construcciones.

Es una expresión estética, en la que se sitúa una masa de emociones y, a la vez, un núcleo de significaciones: una fábrica de luz y de simbolizaciones que levanta el puente de narrativas secretas entre la obra y el espectador asombrado. Un clímax estético y expresivo, centrado en lo humano y en la capacidad de codificar narrativas bajo la sugestión estética.   

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Fuente de información: Rectoría

Ricardo García Duarte.

Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

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