La razón y la paloma

07/13/2017 - 12:01

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*Por: Ricardo García.

La paloma, ya se sabe, es el signo alado de la paz. Del mismo modo, la lechuza, con sus hieráticos ojos de gato en la oscuridad, es reconocida desde la antigüedad helénica como el símbolo de la sabiduría, o de la razón, da lo mismo. Entonces es ésta la que ilumina reflexivamente el vuelo de la primera, como el trazo seguro en el logro de la convivencia.

La dejación de las armas y el fin del conflicto

Hay una necesidad histórica para que el país abandone por fin un conflicto armado interno, madurado – mejor, agotado –, a golpes de crueldad pesarosa, sin que por otro lado se abriese paso una salida militar creíble; sin que jamás las balas condujeran el enfrentamiento a un plano distinto; ese plano de la pura política, ya sin la ayuda ominosa de la violencia.

Es un simple problema de costos. Cientos de vidas, cobradas cada año por los combates estériles; atentados contra la libertad; al mismo tiempo, la baja inversión en el campo; el sacrificio por lo menos de un punto y medio porcentual (1.5%) en el crecimiento anual del producto interno bruto (PIB); y, para completar, los riesgos del descrédito internacional, la imagen de una nación penosamente viable, mordida, como si de serpiente se tratara, por el narco ambicioso; arrasada por el paramilitar despiadado; y asaltada por unas guerrillas arcaicas, no por ello menos devastadoras.

Han sido los costos, cada día más grandes y, sin embargo, cada hora más inútiles, cuya eliminación, se volvió urgencia de cada minuto; apremio material y espiritual.

La razón y la paz

Solo que más allá (o más acá) de esas circunstancias históricas, la paz en Colombia es también necesidad trascendente. Corresponde al sentido profundo del hilo que recorre la construcción colectiva de la sociedad; el que puede articular los retazos desconectados por el crecimiento y la desigualdad en los horizontes de la cohesión social y la formación de una nación, merecedora de ese “plebiscito diario”, vislumbrado por Renán, con el que los ciudadanos la refunden siempre. Haciéndolo en torno de los valores comunes; eso sí, no interrumpidos por la exclusión, no fragmentados por la discriminación cultural.

Antiguamente, los griegos pensaban que en la atmósfera de la ciudad intervenían dos energías que, quizá, se movían en sentido contradictorio, la naturaleza y la ley; la physis  y el nomos. La una transportaba los instintos, animaba la fuerza de choque entre los individuos y los grupos. La otra domesticaba las pulsiones, controlaba los arranques naturales, para lo cual establecía las convenciones, que embridan el desatino y las ambiciones.

Al torrente de los instintos, a las energías de la naturaleza, correspondía el sentido (o mejor, el sin sentido) del azar. En cambio, al universo de la ley, debía corresponder la racionalidad, esto es, la gnomé, el cálculo, la previsión por el buen vivir en la ciudad.

La racionalidad en la conducción de la vida social, la previsibilidad para el buen gobierno, eran formas de pensar y de existir, que debían traducirse en la paz.

Esta última era la expresión de la razón, la misma que llenaba de sentido al ser humano; habitante entonces de la ciudad, hoy de la nación. Lo instintivo, la potencia, la fuerza, daban por el contrario curso a la guerra.

Hoy, como otras tantas veces en Colombia, deshilachada a menudo por guerras y violencias, recobra su vigencia plena esta idea clásica, la de vincular esencialmente la paz con la razón. Una paz al alcance de la mano, mucho más ahora que  las Farc han puestos sus armas en los depósitos herméticos de las Naciones Unidas; en un acuerdo en el que incorporan el entendimiento y la reconciliación, aplicados con las dosis justas de racionalidad y de razonabilidad. La racionalidad toma forma en un acuerdo que acaba con la guerra. Mientras tanto, la razonabilidad, la comprensión del otro, da vida a la operación que facilita la transformación del actor armado en partido político.

Ahora bien, en el pensamiento griego, la naturaleza y la ley no constituían una oposición absoluta, según lo hace notar un erudito como Vidal-Naquet. Pues ocurría que cuando los seres humanos fabricaban la ley, obraban también como parte de la naturaleza; terminaban por imitarla en sus reglas más visibles.

Así, la naturaleza (la physis) además de poseer la fuerza instintiva, la del desorden, también encerraba el orden, la posibilidad de aconductar con un sentido apropiado a los hombres y a las cosas.

La paz y la reforma

Hoy, en nuestro país, ante el gobierno y los ciudadanos se abre la posibilidad de superar el encuentro azaroso entre el caos y el orden; entre las tendencias a la guerra y las inclinaciones a la paz; lo cual también encierra la potencialidad de las transformaciones; más allá de un simple cese al fuego.

En la dialéctica natural del orden y el desorden, surge la posibilidad de la paz razonada. Lo cual, traducido a las condiciones de Colombia, bien podría significar la posibilidad de una paz no estática; la paz con cambio. Esto es, con justicia social; o, por lo menos, con una menor inequidad; sobre todo en un mundo agrario en el que el índice Gini, el que mide la desigualdad, alcanza la escandalosa cifra de 0.87, no muy distante de la oprobiosa desigualdad absoluta, la que equivale a la unidad (al 1).

Así, la paz no dejaría de ser la ocasión para actualizar las reformas aplazadas. Sería una paz transformadora; como si la paloma con su movimiento propiciatorio, devolviéndole el servicio a la lechuza, despertara su vocación, la de la razón crítica, esa que se despliega mediante las transformaciones sociales.

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*Politólogo con estudios de Doctorado en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences – Po). Magíster en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales Contemporáneos. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia.

Director del Instituto para la Pedagogía, la Paz y el Conflicto Urbano de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas IPAZUD. Analista y cofundador de Razón Pública.com. Profesor de varias universidades. Fundador de Revistas como Coyuntura Política y Esfera. Articulista y ensayista. Ex – Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

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