Estamos muertos, sisas, sisas

07/09/2018 - 06:31

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Parece un acto irresponsable escribir sobre el Mundial, mientras una profesora deja su municipio por amenazas, un grupo de mujeres trans son golpeadas en Fontibón, una masacre en el Cauca y la terrible noticia de un líder social asesinado por día. Sí, claro que es irresponsable, pero hay tantos elementos para la reflexión al momento de ver un juego de fútbol que vale la pena mencionarlo para entender quiénes somos. 

Acepto que tengo tusa porque Inglaterra nos ganó por dos fallos desde el punto penal. No puedo dejar de pensar que estábamos tan cerca de los cuartos de final en un cuadro en donde no dudo que llegaríamos a la final, pero como dijo Messi al perder una de sus tantas finales “simplemente, no se me da” en este caso simplemente, no se nos dio. Así como me duele que Colombia no avanzara, me fastidia ese patrioterismo que trae un equipo de fútbol, ese respeto por un himno feo que ni entendemos, el creerse ciudadano ejemplar por apoyar el equipo, la camiseta amarilla y hasta la bandera en algunas casas.

Tanto daño hace el nacionalismo y tanta desconfianza producen esos buenos patriotas que prefiero no hacer parte de esa mancha amarrilla, pero soy un adicto al fútbol, me encanta. Es tan bello abrazar a un compañero de trabajo por la excusa del gol que es más lo bueno que produce la Selección sobre lo negativo.

Más allá de la reflexión que me genera un partido de Colombia, debo aceptar que poco a poco he mejorado al momento de ver este deporte frente del televisor. Por ejemplo ya no peleo con el comentarista de turno, tampoco me voy al frente de la pantalla para gritar falta o fuera del lugar como si el árbitro me escuchara, tampoco le digo a James que la suelte o le pegue, ni a Falcao que baje o que corra perfilado, estos cambios me hacen sentir una persona casi normal.

El problema es mi vocabulario, es imposible para mí decir una frase sin que termine o comience con un hijueputa acompañado de un movimiento hacia arriba de mi brazo derecho hasta tocar mi cabeza, eso no lo he podido superar, por esa razón prefería ver los partidos solo en mi casa, pero ante los horarios del mundial el 90% de los juegos los veo en el trabajo en donde un madrazo es parte del inventario, sin embargo, las groserías hay que disimularlas cuando hay invitados, oyentes y en especial cuando algún compañero lleva a unos de sus hijos porque estamos de vacaciones.

En uno de mis chistes en medio de un partido dije gonorrea, ante la mirada de mis compañeras entendí mi grave error ante un niño que estaba emocionado viendo el juego así que me toqué la cabeza y le señalé que tenía seborrea. Nada qué hacer el error fue grave y es una pena usar ese vocabulario al frente de un menor que todo lo imita.

Intente hacer silencio y mirar el juego, luego una visita robo mi atención llegó una mujer preciosa, tanto que la miraba más a ella que a la pelota, a los pocos minutos escuché una voz angelical, era ella, su voz era perfecta y su pronunciación era clara, de su hermosa boca salieron madrazos, madrazos y más madrazos. La verdad la veía más sexi, pensaba en aquel niño y creo que es ridículo alejarlo de las groserías, eso me parece una pendejada. 

El problema no es un hijueputazo, no, el problema es la homofobia, el racismo, la xenofobia y los estereotipos que se evidencian en medio de un partido. Que la bella joven dijera un madrazo me daba risa pero que dijera negro con desprecio sí me parece grave, pero curiosamente no sentí por parte de mis compañeras que fuera grave decir negro como insulto delante del niño, curiosamente cuando le digo negra a una compañera me dicen abusivo y mi intención es enaltecer su hermoso color de piel. Pero, nada que hacer a lo largo de los 90 minutos escuché la palabra “ese negro” hasta la saciedad, es cierto que no siempre es un insulto, también escuché negro hermoso a favor de Yerry Mina.

Vemos un partido y sin quererlo estamos acabando con las nuevas generaciones, les enseñamos que ser colombiano es una cualidad de superioridad, ser extranjero es malo, ser negro es una grosería, tirarse al piso es cosa de niñas y maricas. En ese sentido entiendo el mal que hace el fútbol a una sociedad que poco piensa y mucho siente.  

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