El Hombre del acordeón: In memorian a un juglar

12/22/2015 - 05:54

Arminio del Cristo.jpg

En esta ocasión no voy a escribir sobre la realidad que está viviendo  el país, tampoco voy a disertar sobre pedagogía, educación y comunicación. Hoy quiero brindarle este escrito, que es un homenaje a esos juglares de nuestra tierra. 

El hombre del acordeón se detenía en las esquinas. Miraba las casas, examinaba el cielo, alargaba sus manos, intentando tentar la noche y el aire. Escudriñaba el lugar para ver si podía tocar su música y manifestar todo ese sentimiento que llevabas por dentro. 

Si era bueno el sitio acomodaba su cuerpo y su instrumento para darle vida a la noche y al amor que lo atormentaba. No importaba entonces si al transcurrir el tiempo no se habría la ventana, o no era recibido por esa mujer que perseguía día y noche. Se iría después a otra esquina y a otra, y a otra. Y así con ese ir y venir recorría las cuatro calles de aquel caserío cargado de tantas cosas extrañas. 

Nunca recorrió ni incursionó en otro, como tampoco adentrase con su acordeón en otro que no fuera 'Las delicias'. Nunca se extravió por el viejo camino, como tampoco exhibió sus cualidades de buen ejecutor del instrumento que siempre lleva consigo; mucho menos mostrar ese amor y el sentimiento que le estaba martillando constantemente su corazón. 

Únicamente en ese sitio se conocía su camisa blanca, su pantalón caqui, y su sombrero que lo protegía del sol y de las miradas. Su caminar nunca lo delató, porque lo hacía con la reciedumbre del hombre serio. El entorno de aquella casa y la Virgen Santa Bárbara siempre lo vigiló en aquellas noche de serenatas cuando debía y tenía que entregarse al rito ya obsesivo de sacarle notas al acordeón que nunca dejó en su casa y que siempre lo acompañó. 

Y así, anduvo año tras año, hasta que una mañana de verano  se detuvo frente a una casa que no tenía fachada colonial. Una casa que no estaba en ruinas, era de palma y tenía la verja caída. Ese día le pareció apropiado, sacó su instrumento y cuando se disponía a tocar, vio allá en el fondo de la oscuridad, un rostro de mujer. Se atemorizo y volvió a mirar, no estaba equivocado. Era un cuerpo alto de ojos grandes y pómulos finos, la oscuridad la hacía confundir con la sombra que la abrazaba. Estuvo un momento y desapareció. 

Estuvo encantado por mucho tiempo. El hombre del acordeón volvió una y otra vez a ese sitio que lo hizo sentir embrujado. Se ponía al frente de la casa y miraba con mucha insistencia. Dejaba oír las notas alegres y quejumbrosas; le parecía que todo era en vano, nadie se asomaba y mucho menos esperaban su regreso. 

Y él se preguntaba si todo no había sido más que una ilusión. Al cabo de diez días, su férrea voluntad fue recompensada. Fue de nuevo al sitio. Hizo sonar su acordeón, sus pulmones regularon el aire, para que su garganta expresara mejor su canto y su voz se escuchara sin sobresaltos. 

La mujer escuchó con toda la pasividad del mundo, sin alterarse en nada. Nadie de los presentes que eran pocos aquella mañana, se habían percatado de la mujer que acechaba por la ventana de calados. Entonces tenía que tocar con más frenesí, y termino de cantar una canción de Armando Zabaleta, titulada 'Amor Comprado'. 

Su cuerpo se desvaneció, y solo entonces advirtió que tenía la frente y las manos humedecidas por el sudor y le temblaban las rodillas. Había esperado mucho tiempo, soportado muchos aguaceros y soles caniculares para que aquella mujer enigmática lo viera por esa ventana. Esa mujer lo tenía sufriendo y lo había hecho sufrir hasta ese día. 

Ese día cambió su vida. Recuerda que fue un sábado. Su acordeón y esa mujer lo olvidaron de la aventura. Siempre buscó elegir nuevos sitios, de querer tocar el cielo y el aire con las manos. Tampoco se interesó en cambiar su acordeón; recordaba haberla comprado por la época de la violencia. 

Su recorrido fue un acto mecánico por el caserío como también el mismo acto de pararse en las esquinas. Ahora esperaba con ansiedad todos los sábados, y llegaba puntual a la misma hora, y se situaba frente a la casa, como si se tratara de una cita amorosa. Aquel ser no lo decepcionaba, era todo lo contrario, lo volvía loco y el mundo le daba más vuelta, su cabeza era un remolino, su corazón latía diferente. Él llegaba y ella se mostraba exacta, siempre con ese mirar lejano e indescifrable, su risa irónica, e inmóvil escuchaba. 

Y así, pasaron semanas y emanas, hasta que una tarde de noviembre se enteró que la mujer se casaría y se iría del pueblo. Se lo habían dicho todo completo, en el lapso de los siete días que transcurrieron desde su última serenata amorosa. Para él aquella casa ya no existía, ni la fachada ni el portal, ni la habitación que daba a la calle, ni el rastro de aquella entrada amplia. No quiso seguir indagando con los vecinos, ni preguntar, porque tuvo que tomar esa determinación. 

Tampoco quiso saber del otro hombre. Sabía dónde vivía, pero no inspeccionó sus alrededores. Esa tarde puso sus cosas en el corredor y se sentó a un lado, muy pensativo. Pasó ahí el resto del día y buena parte de la noche, existieron momento donde tuvo todo el fervor del mundo para sacar su acordeón y cantar las canciones que muchas veces le dedicó. Después camino hacia la orilla del río donde tenía su casa y donde guardaba sus penas, sus desdichas y sus amoríos. 

Llegó y puso junto a su acordeón todos aquellos recuerdos, esos mismos, donde tenía que involucrar a esa mujer que nunca le dijo nada, como tampoco le prestó atención. Nunca habría de recordar las bellas serenatas que le dio de verdad y las que se imaginó. Pero él sabía y estaba seguro que seguía enamorado a pesar de la suerte que le esperaba en los próximos días. Estaría olvidado para siempre. 

Pero dejó una nota  con la dueña del bar donde muchas veces frecuento. El bar se llamaba 'Bar la viuda'. Señora viuda "Dejo aquí esta acordeón para que se la entregue a Elena Eugenia. Dejo también estas composiciones, mi sombrero vueltiao. Usted, por suerte le tiene simpatía a este negro". Y sin llevar nada consigo se marchó. Y nunca más fue visto por el caserío ni en otro lugar de 'La delicias'. 

Hasta que se supo el año pasado que no murió ahogado, ni murió en la corraleja, tampoco murió bailando fandango. Murió del corazón, y cuentan que su infarto fue de pura tristeza. Elena Eugenia se enteró de su muerte, y al fin logró expresar unas palabras sentidas por aquel ser inmenso de vida juglaresca. El día del entierro dijo: 

"Sus parrandas fueron indescifrables e inolvidables. Alejo fue el juglar del Sinú, el rey del acordeón. Cuantas veces pensaría para darme una serenata con su acordeón. Fue un baluarte negro, a veces daba la sensación que encarnaba a Nicolás Guillen o Jorge Artel. Pero por sus venas corría sangre Zenú". 

____________________________________________________________________________

Este es un espacio de opinión que trata diversas temáticas. Las expresiones de los autores  son responsabilidad exclusiva de estos; los espacios destinados a este fin por LAUD 90.4 FM ESTÉREO no reflejan la opinión o posición de la emisora. 

Share this