El día que la radio se apagó

02/12/2018 - 10:20

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Las nuevas generaciones viven conectadas a la tecnología (osaron llamarlos Milenial), con la llegada de los celulares de buenas gamas (y otras variaciones tecnológicas) siendo este en especial quien ha calado todos los rincones de nuestro diario vivir, ya se volvió tan común asistir a reunión alguna y escuchar a los invitados preguntar: me regalas la clave del wifi, para luego verlos encantados como entes chateando durante toda la reunión, posando para fotos que envían con títulos seductores de “La estamos pasando muy rico”, cuando en realidad es una verdad a medias, que ya ni disfrutan la compañía de quienes están a su alrededor.

Por otro lado, estamos la generación X, quienes hemos tenido la fortuna de vivir la vida, de haber disfrutado de aquella adrenalina cuando nuestros respectivos padres salían a buscarnos con correa en mano, de haber hecho la transición respectiva, de gozar a carta cabal de una verdadera reunión en la casa de la abuela, de oír al tío de turno que con casette disponible en la grabadora echaba el consabido madrazo a la hora en que el locutor intervenía a media canción la cual trabajosamente esperaba por horas.

Luego llegaba el famoso abuelo que con receptor en mano pedía a los presentes que se callasen pues la etapa de la vuelta a Colombia iba a principiar narrada en la voz de quien para la época era la biblia en asuntos de ciclismo: Julio Labastida Brica, terminada la etapa el abuelo encendía su ya conocido tabaco y relataba una que otra cosa que sabia (aunque nunca salió de su pueblo, decía que conocía toda Colombia), siempre armaba sus tertulias alrededor de aquel aparato de forma rectangular al que se le disponían como mínimo tres o cuatro pilas de las grandes.

Comenta que desde que descubrió ese transistor, se enamoró perdidamente de las voces que emitía incesantemente aquel aparato, recordaba con cierta nostalgia los viejos tiempos cuando al calor de los largos jornales escuchaba las radio novelas (Arandu, Kaliman;  la ley contra el hampa, por mencionar algunas que recordaba), también la imparcialidad de las noticias, los largos discursos dictados por un tal general Rojas Pinilla, las guerras internas propiciadas por los partidos políticos, la llegada de artistas afamados para la época, también la llegada del primer papa que piso nuestras tierras, la visita de un presidente gringo que tiempo después fue asesinado en su país estando con su esposa en un carro, la toma del palacio de justicia (en especial cuando un magistrado pedía clemencia al gobierno para que concluyeran los ataques). Sonreía con dulzura al momento de sintonizar su dial favorito y decía que tiempos aquellos cuando en alguna emisora se presentaba un tal Hébert Castro o esos shows que se emitían por allí, suspiraba y preguntaba ¿de dónde son los cantantes­­­­­­­­?, con esa clásica sonrisa que lo caracterizaba. Alguna que otra risa se escapaba, no faltaba quien recordara voces inolvidables como la Otto Greiffestein, Carlos Pinzón, Manolo Delon,  Juan Gozain, Hernán Peláez, en fin demasiadas voces que marcaron toda una época, sin olvidar por otro lado tantas emisoras que han nacido desde la creación de la radio tales como Super, Todelar,  Tequendama, Santafé, La voz de los Andes, Andina, Voces Rovirences, las de las Universidades y sin número de estas en todo el país, cuyos nombres se escaparon a la memoria.

No faltaba quien curiosamente y con sarcasmo le preguntaba: ¿si no has salido nunca de este pueblo, por qué se atreve a decir que conoce Colombia?, a lo que el entre una que otra lagrima respondía: a tiempos aquellos en que por medio de este aparato escuchaba a un tipo al que llamaban “EL CAMPEON”, ese señor sí que sabia hacernos sentir la patria y lo mas curioso es que ni colombiano era, pero como amaba este suelo y su oficio. Este tipo era de los que no contaban con la tecnología de hoy en día, narraba a la perfección un partido de fútbol, uno de boxeo, una etapa de ciclismo y otro poco de deportes, además de que se lucia colocando apodos a todos, claro con el debido respeto. Se llamaba Carlos Arturo Rueda C., nació en Costa Rica si no estoy mal por allá en 1918, su creatividad y animo lo llevaron a ser el maestro de los locutores nacionales, ah esa voz era indiscutible y única. Cuentan que se subía a los postes de la luz para poder informar con lujo de detalles lo que pasaba, que improvisaba con lo que fuera con tal de que todos estuviéramos enterados de lo que pasara. El día que ese hombre murió, la radio se apagó.

Hoy continuamos disfrutando de aquel gran descubrimiento realizado por aquellos hombres que tuvieron la gallardía y el coraje de alcanzar sus sueños y que sin pensarlo lograron dar un vuelco total a la humanidad; junto con esos sueños nacieron los de muchos, de gente del común que nunca llegarían a imaginar que tan alto podrían volar a través de esas ondas sonoras. Gracias a todos los que detrás de un micrófono logran cada día con su noche llevarnos a conocer el mundo.        

*Por: Edisson Nuñez C., Oyente de LAUD 90.4 FM ESTÉREO.

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